El Gringo no era de arrugar en el trabajo. Así que lo que andan
diciendo ahora, que era faltador, que chupaba y todo eso, son todas
mentiras. Lo que yo he vivido, y visto con mis propios ojos, es que si
en la obra había que volear ladrillos, el Gringo estaba. Si se paleaba
arena, el Gringo estaba. Si se llenaba losa, el Gringo estaba. Con
lluvia o con sol, el Gringo estaba siempre. El trabajo de la obra tiene
eso: hay que aguantarse el frío, la lluvia y el sol del verano. Para eso
hay que ser fuerte. Y firme. Y duro. Y no arrugar nunca. Como Genaro
Vebilaqua.
Él era inteligente, leía mucho y se sabía expresar. Todos los
muchachos lo escuchaban cuando hablaba. Porque el Gringo hablaba
solamente cuando había temas importantes. Alguna vez que nos metíamos en
un bar a tomar un vino, el Gringo hablaba de cosas importantes.
Un
tiempo después de haberlo conocido en el edificio de Nueva Córdoba, me
dijo que era anarquista. De chico allá en Italia, decía, había muchos y
él se prendió. Y Si Vebilaqua te decía algo, vos no dudabas. Porque el
Gringo no tenía para qué mentir. ¿Qué podía llegar a ganar el Gringo
diciendo mentiras? Decía que no valía la pena, porque a él le sobraba
con la verdad.
Cuando por alguna razón alguien discutía, por
cualquier cosa, ponele que la medida de una mesada o la cuota del
Gremio, él siempre razonaba con uno y normalmente terminaba teniendo
razón.
Por eso, cuando lo encontré aquella siesta en el balneario de
Río Ceballos, y me contó la historia de los neardental, no tuve ninguna
duda sobre lo que me decía. Y aunque parezca raro, todo lo que me dijo
que iba a pasar se ha ido cumpliendo poco a poco.
Lo de de los
aviones de Nueva York, por ejemplo. Me contó que los que se murieron en
las Torres Gemelas eran todos laburantes rasos, como la gente de la
limpieza, cafeteros, oficinistas. La chica del guardarropa. Los cajeros
del Banco. Barredores. Lustrines. Los Bomberos, que llegaron después y
se comieron el garrón cuando se cayeron los edificios. ¡No hubo ningún
gerente muerto! Es dato posta, aunque no se dé a conocer por los
diarios.
Mucha gente del Gobierno sabe esto y se calla la boca. Por miedo o por conveniencia, no sé, pero el caso es que no dicen nada.
Lo
que me contó esa vez me dejó mudo. Dijo algo que casi nadie sabe: que
hace unos 500.000 años había dos razas de humanos en el Planeta. ¿Te
imaginás? ¡Dos Razas Humanas!
Estaban los Neardental y los Cromañón,
que guerreaban entre ellos. Que la guerra la ganaron los Cromañones,
que venimos a ser nosotros. Y que los otros, los Neardental, según la
historia, se extinguieron. Desaparecieron. Fueron.
Pero la verdad es
muy distinta. Los hombres de la raza neardental nunca se extinguieron.
Es más, actualmente viven entre nosotros. Y hasta gobiernan Países.
Parece que se han hecho controles en algunos de los Líderes del Mundo,
utilizando el Índice C.R.O., y el los resultados dicen que muchos de
ellos son de origen neardental.
Se sabe entre la gente entendida,
que Jorge Bush es uno de ellos. Pero otros estudios demuestran que tanto
el Obama, Kadafi, Vladimir Putin, la Merkel y Osama Bin Laden son, o
eran en algún caso, de esa raza. Y que la disputa que está haciendo
pelota el mundo es a una estrategia de ellos para conquistar el Planeta.
Así de simple. Y si uno se pone a pensarlo es lógico: quieren que
nos peleemos entre nosotros. ¿Porqué sino hace una punta de años que hay
guerras por todos lados?
El Gringo decía que la cosa había empezado
con Vietnam; que siguió en Croacia, después en Chechenia, en toda
Arabia. Guerra hace poco en Irak, en Afganistán. Y hay amenazas para
Irán y Corea. Cincuenta años de guerra en Israel, Palestina y El Líbano.
Y cuarenta años de lucha en Colombia. Y cincuenta y tantos años de
bloqueo en Cuba. Y la guerra de Malvinas. Y la cosa sigue.
También
contaba que el índice C.R.O. fue creado por un grupo de científicos de
la famosa Universidad de Mantua, en Italia. Este Índice te dice el
origen de cada individuo que habita en el Planeta. Pero no ha podido
ponerse en práctica en las cantidades necesarias. Hay problemas legales
que obligan a contar con el consentimiento del individuo para poder
realizar el análisis. Estupidez de la Legislación. ¡Mira vos si los
tipos se van a dejar sacar sangre para que les den la cana!
Nos
contaba el Gringo que cuando los hielos de la Gran Glaciación comenzaron
a retirarse hacia el norte, los neardental siguieron ese rumbo. Al
final del viaje eran unos 50.000 individuos que se organizaron para
lograr la supervivencia de su raza. Y se fueron para la Gran Caverna,
que está cerca del Polo Norte.
Allí lograron crear un modelo social
de número limitado – sólo hay 40.500 individuos neardental activos al
mismo tiempo ¡y los tipos pueden vivir como 135 años!
Además, tienen
tecnología basada en la geotermia, o sea el calor, que les viene de
arriba en la Gran Caverna porque está cerca del centro de la tierra y
les permite usar cantidades de fluido sin gastar un mango, a costo cero.
Y con eso en la mano hacen lo que quieren. Cultivos, ganadería,
industrias ¡De todo hacen!
Algunas de estas cosas el Gringo las decía
frente al Arquitecto, que era un tipo sobrador, que casi no hablaba con
nosotros. Pero escuchaba todo lo que se decía en la obra. Él sabía lo
que cada uno de nosotros decía. Y el Arquitecto nunca lo contradijo
cuando hablaba de estas cosas, ni lo corrigió, ni nada. A otros ni los
dejaba decir ni pío: ¡callate y laburá, Juan! o ¡Te voy a echar a la
mierda Camacho! Así nos trataba. A todos, menos al Gringo.
Resulta
que Vebilaqua venía de trabajar en Italia, en una ampliación en la
Universidad de Mantua, y allí escuchó el tema del Índice. Sabiendo que
en la Universidad se estudian cosas importantes, se metió por allí y
empezó a juntar datos. Y destapó la cacerola: el Índice C.R.O. es un
Secreto de Estado. Quiere decir “Coeficiente de Recurrencia de
Oportunidad” y se lo hizo para detectar a los neardental con total
precisión. Sin error. Te hacen un análisis de sangre y el Índice te tira
que SI o que NO. Y a llorar a la iglesia.
Y el Gringo Vebilaqua
tenía el reactivo. Solamente tenía dos botellitas (yo mismo las tuve en
mis manos) de esas que tienen una gomita para sacar parte del líquido
sin que le entre el aire).
Con eso en las manos nos pusimos a buscar
gente que pudiera ser neardental. Había que encontrar un tipo petiso y
fortachón, con nariz grande y que fuera inteligente. Y había que sacarle
sangre. Pensábamos en dormir al candidato, sea con alguna droga o con
un golpe, y llevarlo a un enfermero amigo para que le saque sangre. Y
después al tipo le metíamos media botella de ginebra adentro y lo
dejábamos en algún baldío del barrio para que duerma la mona.
Con
esta idea el Gringo y yo estuvimos siguiendo al Petiso Contreras como
dos meses. No todos los días, por supuesto, porque laburábamos en la
obra. Solamente lo seguíamos los fines de semana. El Petiso parecía una
foto de un neardental. Era ancho de cara y con la frente abultada,
brazos gruesos, piernas cortas, y narigón. Pero era un boludo, con
perdón de la palabra. Solamente le interesaba jugar a la pelota en la
canchita de los curas, comer un asado los domingos y salir con las
minitas que iban a bailar a La Toscana. Con este perdimos más de dos
meses.
Después empezamos a seguir a un pastor de la Iglesia
Evangelista, que tenía su templo atrás del depósito de Pritty, por el
lado de Carola Lorenzini. También apuntaba en lo físico como neardental.
Pero era un tipo simple, que se la pasaba sonriendo todo el día, feliz
de la vida. Además necesitábamos dos cospeles de ida y dos de vuelta
para llegar hasta allá. Duró poco la vigilancia y no pasó nada.
Pero
nuestros movimientos levantaron la perdiz. Se ve que los tipos que
seguíamos nos marcaban también a nosotros. Nos dimos cuenta porque como
al mes de seguir al pastor vimos que un tipo petiso estuvo más de dos
horas parado en la esquina de la obra. No hacía nada. Solamente miraba
de vez en cuando para arriba y fumaba. Como a la tres de la tarde se
tomó un taxi y desapareció. Al rato apareció otro y estuvo hasta la hora
de salida.
Después, poco tiempo antes de lo del Gringo, apareció un
vendedor en el Edificio, que dijo que tenía arneses de seguridad y
cinturones para carpintero, de los que traen bolso para clavos, sujeta
tenaza y porta martillo. Eran de cuero, de muy buena calidad y te los
daba en tres veces. ¿Casualidad que tanto el Gringo como yo éramos
carpinteros de obra?
Cuando el tipo subió y me miró para ver si yo le
compraba, el Gringo me hizo una seña con la cabeza, un ¡no! lento y
preocupado, y bajó para el baño. Yo me hice el sonso y me fui moviendo
despacito hasta el otro encofrado, poniendo algún clavo aquí y otro allá
como para despistar, bajé por una escalerita y me fui al entrepiso,
adonde estaba el Botiquín y me quedé allí, como si estuviera mal de la
panza o algo.
Esa fue la única señal de peligro que tuvimos. A las dos semanas murió el Gringo.
Dicen
que se cayó de la losa, que se mareó, que no tenía puesto el arnés, que
no usaba el casco. Si, claro ¡pero no dicen que el Gringo había
trabajado 35 años en las losas! ¡Mirá vos si se iba a caer! Al Gringo lo
tiraron. Seguro. Me juego las bolas que lo tiraron.
Para peor ese
día yo había llevado al más chico de mi hermana al dispensario porque
tenía como una pus en el oído, y la Cachi no podía ir porque la vieja
Olmos -ella trabaja desde chica con los Olmos- se mudaba y había mucho
que hacer en la casa.
Así que llevé al pibe para que lo viera el
médico (no era nada, le pusieron dos gotitas y santo remedio). Después
lo llevé a su casa y me fui para la obra.
Llegué como a las once y
media y de lejos me di cuenta de que algo andaba mal. Había canas y
mucha mala onda. Vi agentes dando vueltas y mirando para arriba, y una
ambulancia. Me acerqué un poco y alcancé a ver un cuerpo, tapado con
unos diarios, y mucha sangre en el piso.
No tuve ni que preguntar.
Al toque dije para mis adentros ¡lo cazaron al Gringo! Pasé de largo y
caminé varias cuadras respirando fuerte, para serenarme. No podía pensar
y temblaba como loco.
Al rato volví a pasar. Estaban los de la
tele, Mansilla creo que era, haciéndole una nota a la mujer de la casa
de enfrente, que no sabía nada de nada. Pasé de largo, me fui a la casa y
me encerré en la pieza.
A la semana siguiente le hablé por teléfono
al Arquitecto y le dije que tenía un problema de familia, que estaba
enfermo, que no podía ir a trabajar y un montón de cosas. Él me dejó
hablar un rato y me dijo algo que me puso los pelos de punta: “pirate,
Vicente” me dijo. “pirate que estás marcado”.
Cuando volví por la obra en nuevo capataz era el Petiso Contreras. Ni lo miré, levanté mis cosas y me volví para mi pueblo.
Ahora trabajo en la Municipalidad, en Tributarios, porque soy bueno para los números. Y no me meto en nada.
No vaya a ser que me encuentren.